7 de juliol del 2020

Engrunes de la polèmica amb la Carmen Alcalde


El text exacte 

Som a 7 de juliol de 2020. Quan ja no hi comptava, trobo a la memòria d'un ordinador aparcat per vell, el text exacte que em va censurar l'avui. Deia així:

Finalment, a l’article del 30 abril fa unes quantes referències personals a Manuel Bonmatí, als sopars de nivell  que pagava, a farres monumentals  a casinos de l’altra banda de la frontera, a intents de seducció a la  Maria Rosa Prats. Em semblen referències fora de lloc. Potser sí que en l’altruisme del senyor Bonmatí pesava tant l’interès periodístic com la il·lusió d’una possible aventura. Ves a saber. Però la Maria Rosa Prats, com la Carmen Alcalde, eren inseduïbles perquè devien estar seduïdes l’una per l’altra.  Posats en terrenys tan relliscosos, ves a saber si l’aventura de Presència no va ser per a elles poca cosa més que un projecte de vida en comú. De vida periodística, naturalment. Llavors s’entendria que la Carme pugui dir “Tu i jo sabíem... que allò era un suïcidi. I ens vam suïcidar, amb molt de gust, quan van entrar a sac els colpistes contra la nostra llibertat...”


(Els textos complets de la polèmica els trobareu al 28 de desembre passat)




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15 de juny del 2020

Jóc de cites

Valls cita Pla, que cita Plaute. I jo cito en Valls.

Em vaig apuntar a un grup de facebook que aplega frases fetes, amics de les frases en català. No és pas que el visiti cada dia, ni que hi faci gaires aportacions. Si us he de se franc, hi entro poc perquè em fan patir una mica i tinc por de fer-me pesat i de semblar pedant. De ser-ho. Molt sovint les frases en català que hi anoten els participants són, senzillament, males traduccions de frases castellanes. La llengua que parlem i que sentim parlar no dona per més, es veu. Llavors, naturalment, algú ho fa observar. Jo mateix algun cop. I no sabria dir si és per bé o per mal. Quan algú aporta un aforisme com “qui a ferro mata a ferro mor” (me l’invento per no ofendre ningú), després de dir-li que això no és català, l’autor demana que li tradueixin...  Perdoneu, traduir frases fetes és una feina de mil dimonis.  No vull pas fugir d’estudi. Proposo “tal faràs, tal trobaràs”, sense gaire convicció.

Quan estudiava francès a quart de batxiller – d’això ja fa molts anys – teníem un llibre amb llistes inacabables d’expressions franceses amb una possible translació al castellà. El senyor Perich, que era el nostre professor a can Coquard, ens va proposar que en triessin cent cada un de nosaltres i serien aquelles cent les que ens preguntaria. De la meva llista, que em vaig ben aprendre,  només en recordo “a mon avís”, “malgré moi” i “avoir la bourse plate”. Que què vol dir “avoir la bourse plate”? Segons el meu llibre “no tener donde caerse muerto”. En dec haver oblidat noranta set!!

Tot això ve de la relectura que estic fent dels papers d’en Josep Valls sobre els últims anys de Josep Pla. Uns papers que van sortir primer al Punt Diari, poc després de la mort del mestre, i que han tingut tres edicions en forma de llibre, “Josep Pla, inèdit”, “Pla de conversa” i ara “Històries de Josep Pla”.  N’aniré parlant, que el tema dona per molt. El cas és que el dia 6 de juny del 80 Pla cita Plaute: “Plau als déus que el goig vagi seguit immediatament de la tristesa”. 

És clar, Plaute ho devia escriure en el llatí que es parlava 250 anys abans de la nostra era. La traducció, que no sé de qui és, deu ser literal. Hi he pensat una mica i he recordat una dita catalana que sentia dir a uns amics de Ripoll i que podria ser una translació justa de la frase. Diu “Quan el riure és al menjador, el plorar puja l’escala”. 

Colossal!, que diria Josep Pla. 


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28 de maig del 2020

Correo de la noche

Com que fa dies que no escric articles - les raons  serien de mal explicar ara mateix, però tenen relació amb la política del diari durant el confinamet -, estic aplegant coses meves antigues. És possible que pugui treure un llibre de contes en castellà de finals dels anys cinquanta!!

Sabeu què? Us presento el primer, que va guanya el premi Anàbasis de 1958.

Correo de la noche 


El tren marchaba, lento pero incansable, entre las áridas llanuras. Desfilaban ante la ventana, sucio cristal empañado aun por el relente de la mañana, las  lejanas montañas, abruptas, desafiantes, pero al mismo tiempo impotentes contra la inmensidad abrumadora de la llanura. El humo de la locomotora pasaba, pegajoso  y negro, acariciando con mano áspera las figuras defectuosamente reflejadas en el cristal.
En el departamento, apretujados incómodamente, tres hombres y tres mujeres se embutían en sus abrigos tratando de vencer el frío. Un silencio seco, incómodo, desolado, se paseaba muy despacio por entre los cuerpos, lamiendo las conciencias, forzando las almas.
El hombre que se sentaba en el rincón más cercano a la puerta del pasillo, frente a les tres mujeres,  se movió ligeramente para buscar una postura más cómoda.  Los demás le dirigieron una mirada dulce pero velada como de envidia. Él cerró los ojos. Era joven. Su nariz delgada delataba su respiración nerviosa, de hombre que siente bullir la sangre, que tiene necesidad de moverse, de jugar,  de romper algo, de correr aún, y que se sentía inmóvil, aletargado,  atado a la incertidumbre, segura y firme, del silencio de un departamento  de tercera clase del correo de Barcelona a Madrid.  Fuera, sólo se percibía el crujir de los raíles, suave y frenético, pesado y mordaz,  inconcreto y persistente, y el aire quieto, palpable, que atravesaba el bien ajustado cristal sigilosamente. Vestía un traje marrón oscuro y cubríase con un abrigo gris, casi negro, ajado, y una bufanda parda, anudada al cuello, le tapaba la boca. Estaba encogido, pegado al tabique que se separaba del pasillo, junto a la puerta cerrada, que se bamboleaba a cada movimiento del vagón. Tenía las manos en los bolsillos del abrigo, fuertemente cerradas, crispados los dedos ateridos de frio.
Las últimas luces de la tarde se apagaron.
Sólo la bombilla tétrica del techo alumbraba las  caras enjutas de los seis ocupantes del departamento. Dos de las mujeres, las más viejas, dormían, y la otra, de unos cuarenta años, mantenía los ojos entornados, apretándose contra el cuerpo de su vecina, seguramente su madre.  Su abrigo azul, muy sucio, con esa suciedad ambigua, de hollín y grasa del ferrocarril, le venía tristemente ancho y le llegaba hasta los pies. Lo llevaba descuidadamente, envolviéndose en él y apretándolo fuertemente contra si con las dos manos enguantadas. Sobre su cara, envejecida prematuramente por un descuido continuado o por efecto de una gran tragedia, caían indolentemente sus cabellos lacios, sin canas de seriedad o de preocupación. Algunas  arrugas violáceas surcaban su frente y sus ojos entornados miraban impasibles el borde el abrigo del hombre que se sentaba frente a ella.
La luz era mortecina y se filtraba con dificultad a través del ambiente cargado, pesado, reflejándose en el pequeño y sucio espejo que, sobre las cabezas de los pasajeros, se mantenía incólume, inmóvil, como mudo testigo de una escena común, eternamente repetida.
El hombre de la esquina, junto a la puerta, miró a la mujer. Luego a sus dos compañeras dormidas incomprensiblemente cuando era imposible estar despierto; muertas sin remisión cuando era imposible vivir; eternamente negras, dónde la luz y el color se eclipsarían con toda seguridad; y, sin darse cuenta, sin tener ellas conciencia de su misión, sin comprender la irresistible realidad de sus vestidos negros, de su pelo revuelto, de sus manos sucias, de su aliento inmóvil y entrecortado.
El hombre las miraba absorto, ausente. Sentía vencida su resistencia al ambiente. Y no podía  dormir. Sintió necesidad de encender un cigarrillo; el humo le calmaría. Pero la presencia inconmovible de estas tres mujeres frente a él, la impasibilidad del hombre del abrigo gris – sentado junto a él, confundiéndose con él -, la seriedad somnoliente del sacerdote, en el otro extremo, inmóvil sobre su negro libro, leyendo sin comprender, incólume a la luz mortecina, al frio, a todo, unas oraciones simétricas, leídas día tras día, sin compasión, año tras año, le hicieron contener su deseo y se mordió el labio inferior con rabia.  Intentó nuevamente dormir, arrellenándose como pudo en el banco duro e incómodo. Su brazo apretaba el costado de su vecino. Sacó las manos de los bolsillos para aprovechar espacio. Sus manos eran finas y delgadas; los dedos, algo torcidos  pero elegantes, estaban sucios de nicotina y de hollín. Parecían endurecidos por el frio.
El sacerdote, sin levantar la vista del libro, y sin dejar de mover en silencio los labios, le miró; luego volvió a su rezo, a su mundo. Llevaba una sotana reluciente, llena de polvo. Una de las viejas, la que estaba junto a la más joven de las tres, se removió en su asiento, sin despertar siquiera.
El hombre de la esquina apoyó la cabeza en el tabique. Su oreja helada sintió el frio de la madera barnizada. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Él, simplemente, llevose las manos a los bolsillos. Su vecino le dirigió una mirada de odio, pero no se movió.
Le estaba haciendo falta un cigarrillo. Y esta idea le tenía obsesionado. Pero no podía. Llevaba cuatro horas allí, encogido, sin fumar. Sólo al principia había intentado sacar un cigarrillo; fué al principio del viaje.
- ¿Molesto? – preguntó.
Nadie le respondió, pero todos los ojos hablaron, rotundos, inmóviles, acusadores. Tuvo que desistir. No, no se atrevía a ensayar de nuevo. Todo su cuerpo estaba entumecido. Tenía que salir al pasillo. Andar. Fumar. Pero no se atrevía. No le dejarían abrir aquella puerta que les aislaba del frio exterior, que les mantenía furetes y salvos frente a la soledad de un exterior desconocido.
Pensó en leer. Tenía sobre su cabeza, en las mallas del porta-equipajes, su maletín. Miró hacia allí: una de las maletas, vieja, estaba sobre su equipaje. Seguramente era de su vecino. Tenía que levantarse. Frente a él estaban extendidos los pies de las dos mujeres dormidas. Tuvo miedo del alboroto. Temía los ojos acusadores de aquellas gentes, de aquellos que sufrían con él, que le ayudaban, dejándole aquel espacio aborrecido, a continuar viviendo, que seguían su misma suerte, tras el empañado y sucio cristal del departamento.
Se decidió de pronto. Sus pies tropezaron con otros. Una de las mujeres se sobresaltó.
- ¡Qué pasa! ¿Qué hace?
Él la miró. Su cara pedía perdón, clemencia.
- Voy a coger un libro...- musitó.
Los demás estaban pendientes de la escena. El hombre los miró a todos, rostros hostiles, insensibles.
- Está en el maletín.
Pero nadie parecía escucharle. Todos se sentían humillados, ofendidos, incompresiblemente traicionados. Sus rostros denotaban estupor y odio.
-No debe moverse; hace frio. ¿No comprende que debemos ayudarnos  a sufrir nuestra cruz? Ande, siéntese otra vez.
El sacerdote volvió a su rezo, como si todo estuviera resuelto ya. El hombre de la esquina, junto a la puerta, humillado, arrepentido, se sentó de nuevo. Su vecino había ocupado un buen espacio del que le correspondía a él, pero el hombre no dijo nada.
Era ya noche cerrada. Faltaba ya tan sólo una hora para el final del trayecto. Debía tener paciencia; pronto todo terminaría. El tren marchaba traqueteante, sucio, indefiniblemente lento. Fuera, llovía torrencialmente.
De pronto, algo imprevisto e insólito ocurrió. Todos se incorporaron en sus asientos, irritados, confusos. El hombre de la esquina aguzó el oído. Todos estaban alerta. Un acordeón, en el departamento  contiguo, lanzaba al aire una canción de moda, La musiquilla producía un calor suave, pero real, que en los helados cuerpos de los seis viajeros se tradujo en un escalofrío.
Las dos mujeres  despertaron sobresaltadas. La más vieja, en la esquina, frente al hombre del abrigo gris, abrió los ojos desorbitadamente.
- ¡Es ignominioso! – exclamó.
El cura dejó el breviario sobre las rodillas.
- ¡Con este frío!
- ¡Es una vergüenza!
- ¡No lo permitiría!
El hombre de la esquina vio de pronto su salvación. Tenía que salir, debía ir allí donde había alegría, vida, canto, amor. Sus piernas necesitaban correr, sus pulmones necesitaban aire, sus dedos tocaban con crispación el paquete de cigarrillos. Fuera había gente que vivía, que no sentía frío, que fumaba. Debía salir.
Se levantó bruscamente.
- Debo salir – dijo decidido.
Todos se pusieron en pie.
- ¿Qué dice? – preguntó el cura.
- No, por caridad. No abra la puerta ahora.
- Tengo que salir – repitió tercamente, firmemente decidido.
Su cara parecía más joven que nunca.
- Mire, mire el campo, mkre fuera, venga…. – le dijo el sacerdote, casi con bondad.
Le indicaba la ventana.
- ¡Venga! – Su voz era ahora más imperiosa.
- Sólo salgo al pasillo a fumar…. – se disculpó el hombre.
- Venga, mire.
 I señalaba insistentemente el cristal chorreante.
El hombre pasó casi violentamente por encima de los pies de sus compañeros, y asomó la cabeza. Todo era negro. Tan sólo, frente al cristal, la llunvia insistente y el humo. Nada más. Negro.
- No puede salir. Hágalo por  nosotros.
- - ¡Saldré! – su voz era resuelta.
- No puede, no abra – gimoteó la vieja.
- Es una imprudencia – agregó acusadoramente el otro hombre.
- ¡He de salir! ¡Debo salir!
A pesar de sus gritos parecía dudar.
- No, no abra.
Pero la música sono con más insistencia a través del tabiq ue. El hombre decidiose de pronto, corrió a la puerta.
- ¡¡No!!
Todos se levantaron. El hombre tropezó. Notó contra su cara unos zapatos femeninos. Trató de incorporarse. Debía salir. Un pie le pisoteó la cara, fríamente. Otro le goleó la espalda. Intentó de nuevo incorporarse, pero todos se lo impedían. La música sonaba más fuerte. El tren aceleraba la marcha. Fuera, llovía insistentemente. Con un esfuerzo supremo logró ponerse de pie. Mil manos sa agarraron a su abrigo; algo le hizo tropezar y cayó de nuevo. Sintió un golpe en la sien. De su cabeza salió un hilo de sangre. Su boca quedó abierta y sus ojos, abiertos también, miraban con insistencia a la puerta, herméticamente cerrada. Otro pie le empujó y su cuerpo inerte quedó boca arriba; sus  ojos oscuros estaban inmóviles, vidriosos. En el suelo se dibujó una mancha encarnada.
Durante la lucha muda se le había desabrochado el abrigo. Y quedó al descubierto, como una protesta póstuma, el rojo brillante de una corbata.
- ¡Lástima! – musitó el sacerdote.
- La juventud… - suspiró la vieja.
Y el acordeón continuó sonando.


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24 d’abril del 2020

La vida i la pandèmia



Se n’ha parlat tant!  Es deu haver dit tot. A mi, m’ha impressionat la idea que aquesta pandèmia ens ha canviat la manera de veure el món i la vida. És com si ens haguessin posat una lupa al davant dels ulls i ho veiéssim tot amb el màxim detall, més clar, més gros. I encara, potser, que la nostra pel·lícula s’estés passant a càmera ràpida.
Sí, sabem que res no és definitiu, que tot pot canviar d’un dia per l’altre. Que ens podem posar malalts avui mateix o s’hi poden posar els nostres familiars o els nostres amics. Sabem que podem perdre la feina o no poder anar a treballar. Entenem que ens podem morir.
Tot això, germans, ja era així fins ara. Sempre ha sigut així. Però no ho volíem veure, no ho volíem considerar. Vivíem com en una nebulosa que ara se’ns aclareix.  Pensem-hi. Qualsevol es pot posar malalt, pot perdre la feina, pot haver de viure confinat o a la presó, pot morir-se. Les coses canvien sense que nosaltres hi poguem fer res. I no cal una pandèmia. Sempre és així. Però no hi pensem.
Ara ens han posat la lupa al davant dels ulls i ho tenim clar i no ens en sabem avenir.  Però no ha passat res de nou. Cada dia que vivim és un regal. La feina, la família, els amics, la salut, els llibres que llegim, l’aire que respirem, el plat a taula... tot són regals que tenim avui però que podem perdre demà mateix.
Sense el virus maleït, qui no ha perdut un familiar? qui no ha perdut un amic?, qui no ha perdut alguna cosa que creia tenir ben segura?
I, tingueu-ho clar:  perdreu feines i perdreu amics i perdreu negocis, i perdreu salut, i morirem tots. Amb virus coronat  o sense virus.
Que sóc pessimista? No. Miro a través de la lupa. 
Però, com que no hi podem fer res per canviar-ho, val més que gaudim de la dosi de salut que ens ha tocat, dels amics que hem sabut trobar, de la família que ens acompanya, de la feina que tenim al davant. Gaudim de la nostra vida. I mirem d’ajudar, fins allà on puguem, als nostres conciutadans –  que són germans nostres – a gaudir també d’aquest bé únic i incomparable que és la vida.


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29 de març del 2020

Quatre pinzellades sobre l'Enric Mirambell


El senyor Mirambell era un gironí de tota la vida. Bé, de tota la seva vida, és clar,  però, sobretot, de tota la meva vida. Amb discreció, prudència i bonhomia evidents va formar part del paisatge ciutadà, com les cases del riu,  el carrer de la Força, el campanar de Sant Feliu o el pont de Pedra, però sense pretensions. Havia nascut el 1922. Quan nosaltres eren vailets ja el vèiem com una persona gran. Sempre va ser una persona gran, als nostres ulls de postguerra. Vam tenir poca relació, però sempre correcte i amigable. Permeteu que recordi alguns moments de coincidència personal.
El devia conèixer quan ja s’encarregava de la biblioteca. De fet, el primer record que en tinc és d’una conferència que hi va fer i a la que hi assistírem uns quants jovenets del que podríem dir cultura marginal amb la intenció de crear-li problemes. Eren els anys cinquanta i es feien poques conferències a la ciutat. Totes en castellà, naturalment. Algunes, molt poques, anunciaven col·loqui final, com va ser el cas. I aquella era la nostra. No tinc ni idea del tema de la conferència. El que sí recordo és que vam fer el que hi anàvem a fer sempre: quan donà la paraula al públic començarem a fer preguntes en català. El senyor Mirambell anava responent en castellà, com era de llei, però algun cop queia a la trampa i responia en català. No sé si n’érem prou conscients llavors, però estàvem denunciant, quan ningú podia fer-ho, l’absurda i estudiada política anticatalana del règim. Crec que el senyor Mirambell se’n va sortir prou bé sense fer escarafalls.
Uns anys més tard, el 60 o 61, quan jo era a Ifni fent el servei militar, vaig rebre una carta del director de la biblioteca – rebuda a la meva adreça de Girona i reenviada per la meva mare – en la que m’explicava una història sorprenent. Resulta que un conegut seu de Barcelona havia editat un llibre important, de bibliòfil, i deia que jo l’havia entrevistat i n’hi havia demanat un exemplar per reproduir-lo. No havia vist enlloc l’entrevista ni havia recuperat el llibre. El vaig contestar fent-li saber que feia més d’un any que era l’Àfrica i que no coneixia ni el seu amic ni havia vist mai el llibre del que em parlava. La cosa era evident: quan havia  passat tot allò jo no hi era. Però crec que l’Enric Mirabell no va pas quedar convençut del tot. Anys més tard em va fer una referència al llibre desaparegut. Em va saber greu. (Ara em perdonareu però, tot i tenir el convenciment de saber qui s’havia fer passar per mi, calli. No puc demostrar res)
Saltem deu anys. M’encarreguen un text sobre les fires dels primers 30 anys de postguerra. Per fer-lo, passo moltes hores a la biblioteca, a la sala d’investigació. Allà em porten els volums del diari Los Sitios que he de consultar. Però sovint cal esperar. Entretinc el temps llegint una col·lecció d’un setmanari figuerenc – crec que era la Veu de l’Empordà –  que algú ha consultat abans i que no han endreçat. Aquella lectura casual, que vaig allargar força estona, va ser molt productiva. M’explico. Per una banda hi trobo uns interessants articles del periodista i polític figuerenc Puig Pujades escrits des de la presó. No us en faré la rondalla que seria llarga, però diré que, en honor seu, vaig adoptar el nom de ploma de Pius Pujades.  I hi trobo una altre interès: el setmanari enquadernat em permet anar seguint pas a pas la guerra civil des del juliol de 36. Comprovo que passen dues setmanes abans que el tema mereixi cap referència – és un setmanari comarcal – però després la guerra va ocupant més i més espai fins a un darrer número en que la portada està dedicada al President Companys cridant als catalans a resistir, quan ja res no era possible.
Perquè explico això? Quina relació hi té el senyor Mirambell?  Fins ara cap. Però uns anys més tard, cap al 77 segurament, estic acabant la carrera a a l’Autònoma i m‘encarreguen precisament un estudi del tractament periodístic que un diari local havia fet de la guerra. És clar que, en el meu cas, hauria d’haver acudit a l’Autonomista o al Diari de Girona, però el record d’aquelles meves hores a la biblioteca em fan decidir pel setmanari figuerenc. Primer, que ja tinc un xic de feina feta; segon, que cada setmanari m’estalvia sis diaris!!
Anem doncs a la biblioteca i demano la col·lecció de la Veu de l’Empordà des del 1936 al 1939. No el tenen. Què vol dir? Doncs que no el tenen. Com pot ser? Remoc cel i terra. Al final arribo al senyor Mirambell, director. Jo tossut que el tenien. Ell ofès perquè no el poden pas haver perdut. La veritat és que encarrilo el meu treball explicant tota la l’experiència i fent memòria del que havia llegit feia ja anys. El treball va servir. Tenia certa gràcia, perdonin la immodèstia d’estudiant. De tota manera, quan vaig aprendre a cercar a internet va ser inevitable reconèixer que el director Mirambell tenia raó. No tenien ni podien tenir la Veu de l’Empordà, que era un periòdic de dretes: va ser tancat tot just començar la guerra.  I doncs, direu, què havia llegit jo? Molt fàcil, el setmanari d’esquerres  l’Empordà Federal.
Arribem a 1979. Després d’anys de treballar fort, tenim el Punt Diari disposat a néixer. Hem decidit que sortirà el 20 de febrer. Ja som  al dotze a el tretze. Sóc al llit amb una grip de cavall quan truca en Just. Està reunit amb en Marca perquè ha arribat carta del ministeri denegant el permís imprescindible. Em fan llevar. Passo per una farmàcia a la plaça de l’oli i demano un remei d’urgència per anar tirant. Amb en Just anem a la delegació de ministeri de Cultura, que ara comanda el senyor Mirambell amb les noies de la Sección Femenina reciclades.
Ens rep amablement, com sempre. Per el diari no pot sortir. Permís denegat.

Perdoni, senyor Mirambell – li dic - ho sento però vostè té un problema. Nosaltres ja no  podem pas aturar la sortida. Els locals són llogats, la plantilla ja treballa, tot està a punt pel dia 20. De manera que el Punt Diari sortirà el dia 20. Ell ens fa saber que si sortim ens el faran tancar. Jo penso llavors que estem a les envistes d’unes eleccions molt importants.  Reflexiono en veu alta:  no sé si al senyor Suárez li convé tancar el primer diari en democràcia.  Ja li he dit que vostè té un problema. S’haurà d’espavilar.
No ens va pas donar cap esperança, però es va espavilar. Sé que ell, amb el governador civil de l’època, van fer una colla de trucades a Madrid fins aconseguir un permís provisional.
Sobre l’Enric Mirambell es deu haver escrit tot aquests dies. Aquí teniu aquesta  pinzellada personal en record del cronista oficial de la ciutat.





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5 de març del 2020

Canvi sense petons

                                      
I què? Encara no tenim el virus de la corona? Millor, que a la seva edat...
- Què vol dir? Es creu que podem fer conya d’una epidèmia que ha causat no sé quants morts i que té espantat a mig món?
- Ho deia seriosament, perdoni. Vostè creu que es pot fer el que estan fent a Itàlia? Tancar les universitats, passi. Però les escoles? Què en faran de les criatures? Deixar-les soles a casa mirant la tele? És clar que poden tancar també els tallers i les fàbriques i les botigues... Quants dies? I els hospitals què han de fer? Tancar o ampliar-se? Vostè pensa...
- Sap què li dic? Que jo no penso res. Faran el que hagin de fer i se’n sortiran com podran. La passa del virus passarà com el seu nom indica. Al final farem balanç i jutjarem qui ho ha fet més bé. Ara, senzillament, a rentar-se les mans i fer-se pocs petons.
- D’acord. Sense petons. Però i si són consentits? Ja ha vist els diputats amb la llei nova “només sí és sí”.  Que ve a ser el complement del “no és no” d’en Sánchez a en Rajoy.
- Va molt lluny, vostè. S’ha d’acabar amb les violacions i amb la violència masclista. La llei...
- Li reconec que s’ha legislat per deixar clar el  model de conducte que considerem acceptable en una societat moderna i no patriarcal. Però, perdoni, per més que la llei digui que no es pot robar no evitarà pas que hi hagi lladres. Ja ho deu saber això. Doncs amb els agressors sexuals passarà el mateix.
- El trobo molt pessimista, avui.
-Ben al contrari, estic eufòric. La visita del president Puigdemont a Perpinyà va ser un glop d’il·lusió, una alenada d’aire fresc. I el país va respondre, com sempre. Al revés de tants mal averanys com sento i llegeixo sovint als mitjans, jo crec que les coses van bé. Que ens en podem sortir.
- Ja em ve amb la seva cantarella separatista?
-Jo? De cap manera. Però li recordo aquell axioma que diu “si vols que les coses surtin diferent, hauràs de fer coses diferents”.  Això que vostè en diu la “cantarella separatista” és una manera de fer les coses diferents. No li sabria dir què en sortirà, però no serà el mateix que en sortia quan tots acotavem el cap.
- Llavors, creu que la taula de diàleg entre governs servirà?
- Parlar dels conflictes mai és dolent. Uns – l’esquerra espanyola – i altres – els sobiranistes catalans – tenen el mateix problema: han de superar el franquisme estructural que explota el negoci espanyol. Si són capaços d’identificar i dibuixar un camí assumible per les dues bandes que ens pugui portar a la llibertat autèntica i a la igualtat real, segur que hi guanyarem tots.
- Ja fa demagògia. Es reuneixen per necessitat...
- I què més vol? La necessitat és el gran motor de tots els canvis. No cal que es facin petons.


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